ESPECIAL DERECHO Y FIFA: Cuando el árbitro era el FBI y la FIFA cambió de grupo controlador

Jun 22, 2026 | Actualidad

Crónica de cómo Estados Unidos le sacó tarjeta roja al fútbol mundial, lo metió preso, le cobró el decomiso y diez años después lo invitó a cenar.


Conviene empezar por la escena inicial. Y es que ya la hemos llevado al olvido. Pero la historia se repite dos veces, una como ópera y la otra como opereta. Y comenzaremos por la ópera.

Amanece el 27 de mayo de 2015 en Zúrich. En el Baur au Lac —un hotel donde la suite cuesta lo que un futbolista de ascenso gana en un semestre, con vista al lago y al dinero— duermen los señores que gobiernan el deporte más popular del planeta. Han venido a coronar, dos días más tarde, la quinta reelección de Sepp Blatter, un trámite tan seguro como la salida del sol cada día. Lo que no figuraba en la agenda es que la policía suiza entraría con sábanas. Literalmente: los agentes desplegaron sábanas blancas frente a las cámaras para que los dirigentes detenidos salieran del hotel sin ser fotografiados, esa cortesía helvética que consiste en arrestarte con elegancia hotelera.

Siete detenidos antes del desayuno (ni siquiera después, qué descortesía). Y al otro lado del Atlántico, en Brooklyn, un fiscal federal abría una acusación de 47 cargos. El jefe de Investigación Criminal, Richard Weber, resumió el operativo con la única frase que la historia retuvo: «Esto es de verdad el Mundial del fraude, y hoy le estamos sacando a la FIFA la tarjeta roja». Un funcionario de impuestos haciendo chistes de árbitro. Así de seguro se sentía Washington.

La pregunta que nadie del fútbol se hizo a tiempo —y que vertebra toda esta crónica— es  simple: ¿qué hacía el gobierno de Estados Unidos arrestando uruguayos, paraguayos y caimaneses en un hotel suizo por sobornos pagados en Sudamérica?

La respuesta es el dólar. Pero vayamos por partes, porque el detalle es donde vive la magia.

I. El soplón que usó micrófono: la trama original

Toda buena historia criminal necesita un traidor, y la FIFA tuvo el suyo perfecto. Se llamaba Chuck Blazer, era el representante estadounidense en el Comité Ejecutivo de la FIFA, pesaba lo que pesa un delantero centro y dos suplentes, vivía en un departamento de la Trump Tower —sí, ese edificio reaparecerá, paciencia— donde, según se reveló, mantenía un apartamento aparte solo para sus gatos. Financiado, naturalmente, con el dinero del fútbol.

Cuando el IRS (el servicio de impuestos internos de Estados Unidos) descubrió que Blazer llevaba años sin declarar impuestos —el detalle prosaico, casi tierno, de que al imperio del soborno internacional lo destrabó una declaración de renta sin presentar—, le ofrecieron el clásico dilema norteamericano: la cárcel o el micrófono. Blazer eligió el micrófono. Llevó un transmisor oculto para grabar conversaciones entre dirigentes de la FIFA y se declaró culpable de aceptar millones en sobornos. Hay una versión —demasiado enternecedora para no contarla— de que el micrófono iba escondido en un llavero durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Lo que empezó en 2013 con el principal exdirigente estadounidense del fútbol accediendo a cooperar terminó en declaraciones de culpabilidad o condenas contra más de dos docenas de imputados en un escándalo de sobornos y lavado de 150 millones de dólares. Blazer no llegó a ver el final: murió en julio de 2017, antes de que se hiciera justicia con los que él mismo había grabado. El traidor se fue primero, un detalle que un guionista tacharía de sospechoso, pero todo indica que efectivamente murió de lo que ya padecía: un cáncer intestinal.

II. La pirueta jurídica: cómo se juzga un soborno que tu propio país no penaliza

Aquí viene la parte que los abogados deberían enmarcar, porque es de una audacia conceptual notable.

Estados Unidos quería meter presos a estos señores por cohecho. Problema: Estados Unidos carece de una ley federal que criminalice el soborno privado-privado, también llamado soborno comercial. Y la FIFA, la CONCACAF y la CONMEBOL son entidades privadas bajo el derecho interno, no organizaciones internacionales ni dependencias de gobiernos nacionales. Es decir: el soborno entre un ejecutivo de marketing y un dirigente del fútbol no encajaba en ningún tipo penal federal. El delito central del caso era, técnicamente, atípico. Y posiblemente, su carácter anómalo podía significar que no se podía imputar delito alguno.

¿Qué hace una fiscalía cuando no tiene la ley que necesita? Usa otra. Y la que usó fue la joya de la corona del derecho penal estadounidense: la ley RICO, la norma federal más célebremente empleada para procesar a miembros de la mafia porque trabaja sobre entramados organizados para delinquir. Directamente, se comenzó a tratar a la FIFA como crimen organizado. El razonamiento, expuesto sin pudor en la acusación, fue tratar a la FIFA y sus seis confederaciones como lo que el derecho antimafia llama una Enterprise (empresa criminal): una asociación de hecho compuesta por diversas entidades legales para fines delictivos. En cristiano: el fútbol mundial fue legalmente reclasificado como organización criminal a efectos de procesarlo igual que a los Soprano. Ya lo había dicho Carcuro: “la señora FIFA”. Y no dijo más porque el silencio acompaña al poder oscuro.

Y sobre ese andamiaje se montó el ancla jurisdiccional, que es donde el dólar hace su magia imperial. Como Estados Unidos no podía imputar el cohecho, imputó lo que el dinero tocaba al moverse: fraude electrónico y lavado de dinero. Cada vez que un soborno se cursó en dólares —y casi todos se cursaron en dólares—, esa transferencia compensó en algún tramo por el sistema financiero neoyorquino. Un correo, una llamada, un cable bancario que rozara territorio estadounidense bastaba. El agente del IRS lo dijo con todas las letras, y vale la pena saborear la franqueza: prometieron seguir investigando a quienes utilizan sociedades pantalla y cuentas en jurisdicciones de secreto bancario y, en el proceso, utilizan el sistema financiero estadounidense para facilitar prácticas torcidas dentro del deporte favorito del mundo.

Traducción para el lector apurado: si tu soborno habla dólares, habla inglés; y si habla inglés, hablas con nosotros. La misma doctrina que sostiene las sanciones a empresas europeas y la captura de ejecutivos en aeropuertos se estrenó aquí con pantalones cortos.

III. Las dos andanadas y el desfile de culpables

La acusación de mayo de 2015 fue solo el primer tiempo. Aquellos siete arrestados en el Baur au Lac fueron encarcelados; otros siete dirigentes y publicistas deportivos quedaron incluidos en la acusación por delitos que se remontaban a 1991; el Departamento de Justicia alegó que «dos generaciones de dirigentes del fútbol» habían convertido a la FIFA en una empresa corrupta.

El segundo tiempo llegó en diciembre, y la coreografía fue idéntica, casi un homenaje a sí misma: mismo Zúrich, mismas sábanas. El mismo día en que la policía suiza arrestaba a dos dirigentes más por sospecha de aceptar «millones de dólares» en sobornos, los fiscales estadounidenses anunciaban una acusación ampliada de 92 cargos contra dieciséis dirigentes adicionales. Caían los presidentes en ejercicio de la CONCACAF (Alfredo Hawit) y de la CONMEBOL (Juan Ángel Napout). El fútbol americano —el de verdad, el de los pies— estaba siendo descabezado en cuotas semestrales.

Y entonces empezó el desfile, que es la parte más humana del expediente. Porque ante la maquinaria de Brooklyn, la dirigencia mundial del fútbol descubrió de golpe el valor de la colaboración:

Los que cantaron temprano (con descuento por buena conducta procesal):

Zorana Danis, dueña de una comercializadora de Nueva Jersey: se declaró culpable y aceptó entregar 2 millones de dólares.

Alejandro Burzaco, el argentino de Torneos y Competencias, que terminaría siendo testigo estrella: se declaró culpable de asociación ilícita, fraude electrónico y lavado, y aceptó decomisar más de 21,6 millones de dólares.

Jeffrey Webb, el heredero ungido de la CONCACAF, el hombre que iba a ser la cara limpia: se declaró culpable y aceptó decomisar más de 6,7 millones.

José Hawilla, el brasileño dueño del grupo Traffic, que firmó el cheque de despedida más caro de todos: acordó entregar 151 millones de dólares. Ciento cincuenta y un millones. Un hombre, una cifra de rescate de país pequeño.

Y el chileno. Porque esta historia tiene su capítulo criollo, y conviene no pasarlo por alto. Sergio Jadue, vicepresidente de la CONMEBOL y, hasta el mes anterior, presidente de la ANFP, la federación chilena: renunció a ser acusado formalmente y se declaró culpable de asociación ilícita y fraude electrónico, aceptando decomisar todos los fondos depositados en su cuenta bancaria estadounidense. Jadue, el dirigente provinciano que llegó a la cúpula sudamericana del fútbol y terminó cantando en Miami como cooperador protegido del FBI. La trayectoria completa del personaje sudamericano arquetípico: del club de barrio al testigo federal, sin escala intermedia. Bueno, en realidad esa es otra historia. Jadue llegó allí por la operación de Miguel Nasur para sacar a Harold Mayne-Nichols, asunto difícil porque suponía defenestrar a Bielsa. La operación fue mal hecha y costó caro en reputación y dinero. Jorge Segovia fue electo, pero habían cometido un error reglamentario y cayó en desgracia. Y fue doblemente malogrado porque se abrió una causa penal por soborno a la Comisión Nacional de Acreditación que asumía que el acto delictivo era del propio Jorge Segovia buscando favores para la Universidad SEK de su propiedad. Segovia se fue de Chile antes de que fuera formalizado y luego logró que España no diera la extradición. Pero esta es otra historia. Lo cierto es que se tuvo que repetir la elección y finalmente fue Sergio Jadue, cercano a Nasur, con quien compartían actividades empresariales y que era el hombre de confianza de un jugador como Nasur que siempre se mantuvo en el máximo nivel de influencia.

Pero esta historia chilena no debe distraernos.

IV. Los tres que dijeron «no»: el único juicio de verdad

De los más de cincuenta imputados, casi todos hicieron lo razonable: se declararon culpables y negociaron. Solo tres pelearon los cargos después de ser extraditados a Brooklyn: el brasileño José María Marin, el paraguayo Juan Ángel Napout y el peruano Manuel Burga. Los tres mosqueteros del no me declaro nada. Y gracias a ellos tenemos lo único que el caso no había producido todavía: un juicio con jurado, testigos, y la magnífica teatralidad de un tribunal federal estadounidense.

El juicio se celebró entre noviembre y diciembre de 2017 ante la jueza Pamela K. Chen, y duró seis semanas en las que la fiscalía llevó 28 testigos al estrado. El testigo estrella fue Burzaco, el argentino arrepentido, que declaró haber entregado millones en pagos a dos hombres en Argentina para obtener los derechos de televisión de partidos sancionados por la FIFA. Según el libro mayor de sobornos que se presentó como prueba —porque sí, llevaban contabilidad—, las cifras prometidas eran de una precisión casi entrañable: Napout había acordado 10,5 millones en sobornos, con 6,5 millones asignados a Marin y 4,4 millones a Burga.

Y aquí ocurre el momento que ningún cronista podría inventar sin que lo acusaran de exceso. Durante el testimonio de un testigo, Manuel Burga, el peruano, hizo un gesto de cortar el cuello con la mano en dirección al estrado. El abogado de Burga aseguró a la jueza que su cliente simplemente sufría de picazón en la garganta. La jueza lo dejó pasar, pero añadió tiempo al arresto domiciliario de Burga por precaución. Una amenaza de muerte reclasificada como carraspera. El derecho penal internacional, damas y caballeros.

El veredicto, tras la deliberación: el jurado condenó a Napout y a Marin por asociación ilícita y delitos conexos. A Marin, por asociación ilícita, tres cargos de conspiración para fraude electrónico y dos de conspiración para lavado de dinero. A Napout, por asociación ilícita y dos cargos de fraude electrónico. ¿Y el peruano de la garganta picante? El jurado halló a Manuel Burga no culpable de asociación ilícita, el único cargo por el que fue extraditado desde Perú. Burga se volvió a Lima absuelto y —el detalle perfecto— fue visto disfrutando de un partido de fútbol en el estadio nacional pocas semanas después. El hombre del gesto en el cuello, en la tribuna, viendo fútbol, libre. La justicia tiene sentido del humor.

Un detalle escénico que merece quedar registrado: durante la selección del jurado, casi todos los candidatos dijeron haber visto un cartel sostenido frente al tribunal por dos hombres, en mayúsculas rojas: «USA ayúdennos a arrestar a los corruptos brasileños de nuestra administración de fútbol / ¡cárcel para ellos!». Brasileños pidiéndole a la justicia estadounidense que encarcelara a brasileños. La soberanía judicial delegada, hecha pancarta.

V. Las sentencias: la aritmética del castigo

Llegó el momento de poner números a la moral, y la jueza Chen los puso con una frialdad notable.

José María Marin fue el primero condenado en juicio en recibir pena de prisión en todo el caso, lo que lo convirtió en termómetro de cuán dura sería la jueza. La fiscalía pidió diez años. Chen impuso cuatro. Pero la sentencia vino con guarnición: una multa de 1,2 millones de dólares y 3,3 millones en decomiso. Marin tenía 85 años. La defensa había rogado que lo liberaran a tiempo para celebrar sus sesenta años de matrimonio. La jueza, con un sentido de la ironía que la fiscalía habría firmado, desmontó el argumento del reencuentro conyugal observando que la esposa ni siquiera había ido a visitarlo a la cárcel. Y rechazó de plano la teoría de que el dinero fuera necesidad: «Este no fue de ningún modo un delito por necesidad», dijo Chen, anotando que el patrimonio neto de Marin antes de entrar en la conspiración rondaba los 10 millones de dólares. Un hombre de diez millones robando por deporte. Casi un acto de fe en la codicia pura.

La frase de la jueza que resume la doctrina, desde el estrado: «El mundo entero podría estar observando lo que ocurre aquí hoy». Y más tarde, por si quedaban dudas pedagógicas: «Quiero mandar el mensaje de que esta clase de delitos no paga».

Juan Ángel Napout corrió peor suerte, y la asimetría es instructiva. Por haber peleado posiciones más altas y embolsado más, recibió nueve años de prisión, más 3.374.025,88 dólares en decomiso —con esos centavos de exactitud contable que delatan al fiscal meticuloso— y una multa de 1 millón. Más del doble que Marin. La diferencia entre cuatro y nueve años fue, esencialmente, la diferencia entre haber sido un engranaje y haber sido un motor.

Y el broche escénico, el que cierra el círculo abierto con las sábanas de Zúrich: el día del veredicto, tanto Napout como Marin fueron remitidos a prisión por la jueza Chen y casi de inmediato esposados en la sala por alguaciles vestidos de civil. Pasaron el Mundial masculino de 2018 entero —el que ganó Francia— en prisión. Los hombres que durante décadas decidieron quién organizaba los Mundiales vieron el Mundial por televisión, desde una celda federal de Brooklyn. No hay metáfora. Es el hecho.

VI. El epílogo administrativo: cómo la víctima cobró el botín

Aquí la crónica se vuelve, si cabe, todavía más irónica, porque entra en juego un mecanismo jurídico de nombre amable —remission, remisión— que produjo el desenlace más desconcertante de toda la saga.

Pregunta inocente: una vez decomisados todos esos millones —los 151 de Hawilla, los 21,6 de Burzaco, los 6,7 de Webb, los 3,3 de Marin, los 3,3 de Napout y así—, ¿adónde va el dinero? La respuesta lógica sería: a las arcas del Tesoro estadounidense, que para eso hizo el trabajo. Pero el derecho de decomiso estadounidense tiene una figura que permite devolver el producto del delito a las víctimas. ¿Y quién era, jurídicamente, la víctima del saqueo de la FIFA?

La FIFA.

Así, en agosto de 2021, el Departamento de Justicia anunció lo siguiente: entregaría 201 millones de dólares de «remisión» a la FIFA, la CONCACAF y la CONMEBOL, dinero incautado de las cuentas bancarias de los administradores corruptos, como compensación por las pérdidas derivadas de la colusión. El dinero robado por los dirigentes del fútbol volvía al fútbol. Las instituciones cuyos propios jerarcas habían armado el saqueo cobraban como damnificadas. Puede parecer contraintuitivo dar restitución financiera a las mismas organizaciones profundamente involucradas en los hechos de 2015, pero conviene notar que los entes rectores han sostenido que ellos fueron las víctimas en esta situación. Han sostenido. El verbo hace todo el trabajo convertido en pilar estructural antisísmico.

El reparto, además, tiene su propia poesía amarga. De los 201 millones, 71 fueron asignados a la CONMEBOL y sus federaciones miembros —muchos de cuyos altos dirigentes estuvieron entre los principales culpables de la juerga de corrupción, incluido Napout, sentenciado a nueve años—, 70 a la CONCACAF, y el saldo de 60 a la FIFA. La confederación cuyo presidente vio el Mundial desde la cárcel encabezó la lista de beneficiarios. Y el desglose en la base fue de una modestia conmovedora: las 31 asociaciones miembros de la Unión Caribeña de Fútbol recibirían finalmente unos 175.000 dólares cada una. Del botín de 150 millones a 175 mil por federación isleña. La redistribución imperial tiene goteo.

Para que el dinero no volviera directamente a las manos que lo habían perdido —un pudor tardío pero real—, se canalizó todo a través de un vehículo nuevo: un Fondo Mundial de Remisión del Fútbol, establecido bajo la Fundación FIFA, una fundación independiente, enfocado en el fútbol femenino y juvenil, educación, salvaguarda, programas para jóvenes y necesidades humanitarias. En febrero de 2024 el Departamento de Justicia anunció una distribución adicional de aproximadamente 92 millones más. El balance institucional del caso, a esa altura: cargos contra más de 50 imputados individuales y corporativos de más de 20 países.

¿Y quién agradeció efusivamente? El presidente de la FIFA. «Me complace ver que el dinero ilegalmente sustraído del fútbol vuelve ahora para usarse en sus fines propios, como debió haber sido desde el principio», dijo Gianni Infantino, agradeciendo a las autoridades de justicia estadounidenses por su enfoque rápido y eficaz. Y, con una elegancia digna de subrayado, deslizó la fecha que importa: «Desde 2016, la FIFA y el Departamento de Justicia de Estados Unidos han mantenido una estrecha cooperación».

Estrecha cooperación desde 2016. Es decir: desde el año siguiente a las sábanas de Zúrich.

Y este amor que comenzó con sábanas se había convertido en lecho.

VII. De la tarjeta roja al premio de la paz: una década después

Si esta crónica terminara en 2021, sería el relato pulcro de un imperio judicial limpiando un deporte podrido. Pero la realidad, siempre más sardónica que cualquier guión, decidió añadir un acto que nadie habría aprobado por inverosímil.

La misma potencia que en 2015 trató a la FIFA como a la mafia es, en 2026, su socia política más entusiasta. Y el puente entre ambos extremos tiene nombre, apellido y peinado: la afinidad entre Gianni Infantino y Donald Trump.

Recordemos el detalle que dejamos pendiente: Chuck Blazer, el soplón del micrófono, vivía en la Trump Tower. Una década más tarde, Infantino inauguró las nuevas oficinas de la FIFA en la Trump Tower. El edificio donde habitaba el traidor que destapó el caso es ahora la sede neoyorquina de la institución redimida. La arquitectura, a veces, también hace ironía.

El cortejo fue minucioso. Trump instaló un Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para supervisar la preparación del Mundial de Clubes 2025 y del Mundial 2026, con el vicepresidente JD Vance, la secretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem y el secretario de Transporte Sean Duffy entre sus integrantes, y con Andrew Giuliani —sí, el hijo— como director ejecutivo. Para destrabar el cuello de botella de las visas, la Casa Blanca creó el «FIFA Pass», un sistema de citas prioritarias para quienes tuvieran entradas al Mundial. El Estado que antes mandaba a esposar dirigentes ahora les agilizaba la migración a los hinchas.

Y la correspondencia personal alcanzó cotas que rozan lo cómico. Infantino logró más tiempo cara a cara con Trump en 2025 que ningún otro líder mundial; se sentó junto a él en un evento de UFC en Miami; subió a Trump al campo para entregar el trofeo del Mundial de Clubes a Chelsea, en un espectáculo incómodo que confundió a jugadores y observadores; apareció incluso en la cumbre de paz de Gaza en Egipto. Tras el acto inaugural del segundo mandato de Trump, Infantino declaró en Instagram: «Juntos, haremos grande no solo a América, sino al mundo entero». Una efusión que choca de frente con los estatutos de la propia FIFA, que la obligan a permanecer «neutral en materia de política».

El clímax de la cortesanía merece su propio párrafo, porque es de antología. Trump deseaba el Nobel de la Paz y se quedó sin él. Se lo llevó Corina Machado y Trump no lo vio con buenos ojos (al punto que ella le llevó el galardón y se lo dio, pero la Fundación Nobel lo calificó de impropio). Solución de su amigo suizo-italiano: Infantino creó unilateralmente un Premio FIFA de la Paz y se lo otorgó a Trump en el sorteo oficial del Mundial, en Washington, en diciembre de 2025. Un premio de la paz inventado para consolar a un presidente que poco después lanzaría ataques militares contra Irán, una nación clasificada al Mundial (pero duranmte el mundial se firmó el acuerdo de paz). El galardonado de la paz bombardeando a un participante del torneo. Si esto lo escribiera un novelista, el editor lo tacharía.

La justificación de Infantino, en rueda de prensa en Ciudad de México, fue de un realismo desnudo: sostuvo que su relación con Trump era crítica, que habría sido imposible organizar un Mundial en Estados Unidos sin el presidente.

La cuenta que no cierra

Hasta aquí, la crónica. La ironía se cuenta sola y es deliciosa: tarjeta roja, cárcel, decomiso, devolución a la víctima-victimaria, y abrazo final. Pero un cronista honesto no puede cerrar con la sonrisa puesta. Hay que dar vuelta el mantel y mirar las costuras.

Primero: la heroicidad del caso es también su lado más inquietante. Es comodísimo aplaudir a los fiscales de Brooklyn como justicieros de un deporte corrupto. Y lo eran. Pero el mecanismo que estrenaron —perseguir a extranjeros, por hechos entre extranjeros, en instituciones extranjeras, con el único anclaje de que el dinero rozó un banco en dólares— es exactamente la misma doctrina que sostiene el unilateralismo jurisdiccional estadounidense en todos los demás frentes: las sanciones secundarias, la captura de ejecutivos en aeropuertos, la potestad de auditar al mundo porque el mundo opera en su moneda. Quien celebra la limpieza de la FIFA está aplaudiendo, sin advertirlo, el principio de que Estados Unidos es tribunal de cualquier transacción que ose denominarse en dólares. La factura de esa doctrina llega después, y la pagan otros.

Segundo: la «remisión» es el chiste y la trampa a la vez. Devolver 201 millones a la FIFA, la CONCACAF y la CONMEBOL «como víctimas» es jurídicamente impecable y moralmente delirante. Las instituciones recibieron de vuelta el dinero que sus propios jerarcas habían saqueado, blanqueado bajo la etiqueta de fondo humanitario para el fútbol femenino. Es una operación de lavado reputacional perfecta, ejecutada con el sello del Departamento de Justicia. La CONMEBOL de Napout encabezando la lista de beneficiarios no es justicia restaurativa: es la institución cobrando el seguro del incendio que ella misma provocó. Que nadie haya señalado esto con suficiente escándalo dice más sobre nuestra tolerancia al absurdo institucional que sobre el caso.

Tercero, y lo más importante: el arco completo no narra una redención, sino una continuidad. La tentación es leer 2015 y 2026 como opuestos —hostilidad y alianza—. Es un error. En ambos momentos la FIFA es el término subordinado. En 2015 Washington dispuso de ella por vía penal; en 2026 dispone de ella por vía clientelar. No cambió el equilibrio de poder: cambió el instrumento. Infantino no negoció una asociación entre iguales, sino que gestionó una capitulación con buenos modales. Cuando admite que sin Trump no habría Mundial, está confesando que el organismo que gobierna el fútbol planetario carece de soberanía frente al Estado anfitrión. El RICO ya lo había demostrado en 2015; el Premio de la Paz solo lo confirmó con champaña y sin rejas.

Cuarta advertencia, la operativa: la sumisión podría no comprar nada. La apuesta de Infantino —entregar la neutralidad de la FIFA a cambio de favores— solo rinde si el patrón es leal. Y la evidencia sugiere lo contrario. El premio de la paz quedó ridículo a las pocas semanas con los ataques a Irán. Las políticas migratorias del propio gobierno al que Infantino abraza dejan a los hinchas extranjeros sintiéndose poco bienvenidos en el torneo que esos hinchas deben llenar. La cúpula de la FIFA presiona a Infantino para que pida una moratoria de redadas migratorias durante el Mundial, sin garantía alguna de obtenerla. El analista que lo dijo acertó: la FIFA pudo haber caído en una trampa política, porque a esta administración no le importa la opinión pública global. Infantino podría descubrir que pagó por adelantado un favor que nunca se concede, y que entregó la autonomía de su institución a cambio de fotografías y un trofeo de utilería.

El árbitro, después de todo, nunca fue suizo. Era el FBI. ¿Pero qué quería el árbitro? ¿O qué quería el superior del árbitro? La FIFA era ya una industria muy grande cuando este lío comenzó. Y probablemente esto es lo que explica todo lo demás. Estados Unidos vio un poder enorme, económico y político, en el que no tenía juego porque no tenía jugadores. Pero era el momento de inventar el árbitro. La guerra comienza justo cuando el ciclo de crecimiento de la industria de los mundiales saltaba en veinte años desde menos de cuatrocientos millones de dólares hasta trece mil millones de dólares en 2026. Mostramos el dinero porque ilustra con precisión, pero el principal poder en juego ha sido político y este dinero sirve para comprender el ascenso de la FIFA. Y Estados Unidos ha demostrado que se puede comenzar la carrera futbolística siendo el árbitro (y fuera de la cancha).


Evolución de los Ingresos por Ciclo de la FIFA (1990 – 2026)

1990 (Ciclo Italia ’90): ~USD 95 millones. El fútbol global aún dependía de modelos de transmisión televisiva tradicionales y los derechos comerciales estaban en fases tempranas.

1995 (Ciclo EE. UU. ’94): ~USD 235 millones. El Mundial en Norteamérica marcó un hito comercial, abriendo las puertas de par en par al patrocinio corporativo a gran escala y marcas globales.

2000 (Ciclo Francia ’98): ~USD 360 millones. Se amplió el torneo de 24 a 32 selecciones, aumentando la cantidad de partidos retransmitidos a nivel mundial.

2005 (Ciclo Corea-Japón ’02): ~USD 1.650 millones. El ingreso al mercado asiático generó el primer gran salto multimillonario en la venta de derechos de televisión y marketing internacional.

2010 (Ciclo Sudáfrica ’10): ~USD 4.189 millones. La FIFA consolida su estatus global ingresando por primera vez al continente africano, duplicando sus ingresos por derechos de transmisión digital.

2015 (Ciclo Brasil ’14): ~USD 4.826 millones. A pesar de los elevados costos operativos, el peso de las marcas globales estabilizó las ganancias de la industria del fútbol en máximos históricos.

2020 (Ciclo Rusia ’18): ~USD 6.421 millones. El ciclo cerrado en 2018 demostró la resiliencia del negocio, superando holgadamente las metas presupuestarias gracias a los patrocinios de nuevos mercados (como el asiático y ruso).

2025/2026 (Ciclo Qatar ’22 a Norteamérica ’26): USD 7.568 millones (Cierre 2022) y una proyección récord de USD 13.000 millones (Cierre 2026). La FIFA ha alcanzado una dimensión corporativa estratosférica. El salto actual se debe a la expansión a 48 equipos, el aumento a 104 partidos y la incorporación del lucrativo e histórico nuevo Mundial de Clubes de 32 equipos en 2025.


Fuentes principales: Department of Justice (acusaciones de mayo y diciembre de 2015, comunicados de condena 2017, sentencias 2018, remisiones 2021 y 2024), Eastern District of New York, NPR, CNN, Sports Illustrated, BuzzFeed News, Courthouse News Service, Britannica, ASIL, Inside World Football, CNN Politics, Sportico y comunicados de la propia FIFA.

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