Ángel para un final. Por la Patria y por la vida. Por Ernesto Vásquez

Jul 18, 2021 | Opinión

Ernesto Vásquez. Abogado, Magíster en Derecho y académico U. de Chile. Máster y Doctorando en Derecho, Universidad de Alcalá.

 Escribo estas líneas sin ningún ánimo de vociferar alguna causa política o de acallarla, de blandear emblemas de izquierda o elevar escudos de derecha, ni menos zaherir a algún pueblo ni de denunciar a un gobierno en particular; además de no ser mi rol, ya hay muchos que lo han hecho y hay harto odio y tristeza, para provocar mayores efectos negativos y enmarañar una situación de suyo dolorosa y compleja. Empero, la realidad y las redes sociales nos permiten saber qué es lo que ocurre en muchas partes del mundo y en tiempo real.

Supe de los ecos de los gritos de libertad que recorrían las calles de La Habana y se posaban no solo en su famoso Malecón, sino que se multiplicaban por regiones y lugares de la Isla caribeña, dirigida -según algunos y depende desde su óptica- con fe y esperanza o con dictadura y tiranía, con un pueblo feliz y libre según los unos, o una raza prisionera de un régimen que precarizó a su pueblo, según los otros. O que todos sus males son producto del imperio y su bloqueo inhumano.

En medio de tanta información y parafraseando al zorzal criollo del tango argentino Carlos Gardel: “Sentir que sesenta años son mucho”, me lleva al menos a declamar con sinceridad, la congoja que sea por la causa o motivo que fuese, me produce pena, reacción que espero abrace a su pueblo, esa querida gente, aislada por la tierra y por la tecnología; para algunos un paraíso enclavado en las barbas del imperialismo que no ha podio doblegarles la mano, para muchos un infierno donde la única liberación de su gente han sido las cadenas, la expropiación de sus propiedades, sueños y esperanzas.

Nuevamente tenía noticias de Cuba y no eran alentadoras. Preferí esperar para saber de mis conocidos, pues más temprano que tarde la verdad surge y lo único malo según Serrat, “Es que no tiene remedio”.  Observé por las redes sociales que en medio de un gobierno autocrático de seis décadas se producían las protestas más potentes que se conocieran en esos lares. A las pocas horas escuché con estupor en directo al presidente del Gobierno cubano Miguel Díaz-Canel, convocar a los seguidores del gobierno y a los integrantes del partido comunista- a salir a las calles a «enfrentarlas», o sea, a enfrentar a su propia gente.  En ese minuto sentí que un halo de temor me abrazó y con él, el recuerdo de mis amigos, en especial mi colega que vive con los suyos en la isla caribeña.

Como un sino de la historia personal, hay un afecto que me produce esa Isla y su gente, su bandera y sus alegrías, su baile, su salsa, su ritmo y júbilo perenne, sea en la precariedad o en la gloria y en eso, nos dan una clase de vida. Acá, conozco mucha gente -demasiada- que no solo no valora lo que tiene, sino que realiza sus labores con flagrante desgano como diría Kalil Gibran, amasando el pan con amargura y aquel no quita el hambre.

No es un misterio que hace algún tiempo y como si fuera una estela de movimientos sociales mágicamente concertados (de suyo un gran desafío para los sociólogos del orbe) los estallidos se han tomado varios países de la región; otrora soñada unida y en paz por Bolívar y desunida por los conflictos y grietas sociales y atacada además con mayor rigor por una pandemia maldita. He tenido el honor -por razones académicas- de conocer a muchos extranjeros, entre ellos a varios juristas de la Universidad de La Habana, lugar donde sueño hacer -alguna vez- una clase de derecho.

Hace unos años y a raíz de un Congreso jurídico, conocí a una jurista cubana, y por su intermedio a su esposo también abogado, supe de sus alegrías y tristezas, también de sus sueños y proyectos y del amor que había tenido sus frutos: un hijo que era el orgullo de la familia y la razón de vivir para ambos. A decir verdad, el contacto fue en Panamá, en el contexto de un Congreso del Centro de Estudios para las Américas (Ceja); en medio del silencio de mi país, había ganado un concurso internacional para representar a mi patria, lo que hice con gran orgullo y recuerdo -ya han pasado casi un lustro- mi ponencia decía relación con el imperativo de fortalecer el estado democrático de derecho y consecuencialmente las instituciones -entre ellas las policiales- así como los liderazgos positivos para resolver pacíficamente los conflictos.

Cabe recordar, que tal propuesta la entregué a una entidad pública, donde además abordaba los conflictos rurales en la Región de la Araucanía, los problemas unidos al tema de la inmigración y los conflictos complejos en las grandes urbes, por cierto, con propuestas para enfrentarlos. Quiso una profesional a cargo de analizar la propuesta, de archivarla con desdén y de paso, me hizo repensar mi rol en la institución donde trabajé durante quince años con alegría. Alguien podrá decir que invento, están los archivos y por sobre todo, los testigos y las decenas de charlas que di sobre la materia.  En fin, fue para mi, un giro positivo en mi vida o como escribiera a mi respecto mi maestro Carlos Peña, la obvia reacción de “Un optimista incombustible”.

Así, recordaba a mi amiga cubana, a su esposo y su familia y nuestro juramento de fumarnos un habano en el Malecón algún día. Dejo para otros analistas, la calificación sobre el actuar de un régimen donde, pese a la alegría de su pueblo es un hecho no discutido que se violan los derechos humanos, por cierto condeno también el bloqueo norteamericano, que afecta sin duda a los más pobres y no a los líderes que se las han arreglado para tener a un pueblo viviendo con lo mínimo, con un diario que es un panfleto periodístico y la televisión oficial con gente de Chile rindiéndole honores a ese régimen y declarándolo un ejemplo; pienso que ante eso no puedo ser neutral, es una dictadura y toda mi vida he estado contra esas en todo el orbe y la bandera de los derechos humanos la levanto con dignidad, sin mirar si quien viola tales derechos de las personas es cercano o no a mi forma de ver la vida o mi entorno, como suelen hacerlos otros usando dicha bandera a su arbitrio.

He invitado a mis amigos cubanos a vivir en Chile, yo prefiero como se ha dicho, tener libertad y luchar por el pan, aunque no puedo dejar de recordar al gran Albert Camus, quien declamaba que: “Pero si alguien os arrebata vuestra libertad, tened la seguridad de que vuestro pan está amenazado, pues no depende de vosotros y de vuestra lucha, sino de la buena voluntad de vuestro amo”.

Quise recordar a mis amigos el pueblo cubano en estos momentos, porque su tristeza es la mía y sé que tienen esa grandeza del alma de vivir felices a pesar de la precariedad, y retumban en mis oídos las canciones de Silvio Rodríguez, y siguiéndolo, en paz puedo declamar: “Te doy una canción y hago un discurso Sobre tu derecho a hablar. Te doy una canción y digo Patria,
Y sigo hablando para ti.” Y continúo susurrando con mi voz cortada, con una pena en mi alma y un nudo en mi garganta “Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda y Ojalá que tu nombre se le olvide al celador del régimen y Ojalá las paredes no retengan tu ruido de protesta cansada de pedir Vida y Patria y Ojalá que el deseo y el poder se vaya tras de ellos. Por su viejo gobierno de difuntos y flores.” Sí, quiera Dios, amigos, en paz y ojalá, les abrazase con mi afecto a la distancia la libertad.

Y sigo recordando y pensando que dirá de todo esto don Silvio, sus letras, me dan respuesta entre muchas estrofas ante la pena que vive mi gente querida de Cuba, como en Ángel para un final, pareciera que describiera a quien invita y ordena enfrentar a su pueblo “Era el más terrible, el implacable, el más feroz…Ahora comprendo en total. Este silencio mortal…Ángel que pasa, besa y te abraza. Ángel para un final…”

 

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