Ernesto Vásquez P. Ex fiscal del Ministerio Publico, licenciado y magíster en Derecho de la Universidad de Chile.

Como nunca en nuestras vidas, la incertidumbre se ha posado en cada una de uno de nuestros proyectos y ninguna entidad científica hizo alguna prognosis de un acontecimiento semejante, por más que en las redes sociales o en los medios, los que otrora eran expertos en derecho internacional y solían destacar sus conocimientos sobre el tribunal de La Haya, que luego se hicieron sociólogos y analistas de un estallido que para estos tenía claras razones, sin peros, se hicieron constitucionalistas y ahora son expertos epidemiólogos, sin un cursillo en la materia y cronistas envidiosos de postgrados de otros.

La idea -declaman con sus actos- es tener respuestas frente a todo, seres  perfectos e inmaculados y es que en la vida no sería -en estas visiones- aceptable aparecer como dubitativo o frágil, es la sociedad de lo absoluto e impoluto. No solo se dan el lujo de analizar el presente con la trampa de usar la mirada del pasado o juzgar el ayer con la experiencia del hoy. Tan impropio como analizar un partido del domingo, con el diario del lunes.

Se es blanco o negro, no hay matices ni bemoles posibles. Estás con ellos o en contra; se juntan con pura gente que sabe lo que quiere, de su mismo color y gustos; capaces de construir una patria nueva en sus balcones mientras miran la cordillera; con prístinos proyectos de vida, imposible mostrar inseguridades, con la palabra precisa y la sonrisa perfecta, diría un trovador cubano y obvio, con poca o nula humanidad y empatía, con la pachotada fácil frente a la disidencia o la lisonja instantánea con el árbol que lo ha de cobijar en su metro cuadrado de poder.

La oración perfecta para la galería, denostando al otro, aquel semejante y prójimo, usando el chaqueteo del chileno -tan propio de nuestra cultura- incapaces de decir en persona y de frente que hemos cambiado de opinión, que estamos equivocados, que somos frágiles. Menos obvio, ofrecer disculpas. Actúan como el chileno medio, olvidando la máxima de entender que una persona no se mide por lo que dicen de ella, sino como ella se refiere a otros. Es que para algunos, la idea es siempre aparecer por la retaguardia, con el comentario artero, vil e impropio del formador; insensible y sin una gota de humanidad ni menos empatía, un señor del conocimiento, cuya arrogancia de vida les sale a algunos impostores de lo correcto, por los poros que sudan lisonja fácil y cero humanidad.

En nuestra cultura las redes sociales son solo la continuación del pasillo o el recodo que no queremos enfrentar. Ser el héroe del fracaso de otros y del éxito narcisista del propio. Ni pedagogo ni maestro, una categoría inferior, sin duda, aunque posean las mejores certificaciones.

La pandemia, parafraseando al gran escritor Albert Camus, ha logrado provocar no solo una explosión en Chile de miseria material y la muerte; también se ha asomado la precariedad humana, aquella que goza con el sufrimiento del semejante, la coprolalia fácil del letrado que estima que la grosería le da más fuerza a su argumento. La pandemia nos ha desnudado y cada uno, en la retrospectiva mirada del mañana, deberá dar cuenta a sus antepasados al menos de su actuar y si aquel se ha ajustado al marco de sus convicciones; ilustrar cual fue su postura y su rol en estos tiempos. Si fue una mísera persona que se quedó en su guarida sin ser capaz de hablar a la cara ni siquiera para dar una disculpa o ser empático con la otra persona.

Sin duda, como una torre de cartas y una jugada azarosa de la vida, se nos vino la noche lentamente hasta abrazarnos con dolor, congoja y muerte. Ninguna casa de estudios ni sociedad científica, previó este infierno temporal y menos –obvio- educar en estos tiempos de pandemia. Para muchos, no importa el saber ni la sabiduría, sus designios se definen por los números y los ranking, las notas, los posgrados y el currículum. Dejaron en un segundo plano “el ser humano”, la esencia de la vida y el ver al otro en cada instante, al compañero, estudiante, colega, imputado, juez, víctima, policía, defensor, fiscal o profesor, como un sujeto; una persona con sentimientos y no un fondo memorístico de lealtades a individuos y no a principios. Ahora, la vida nos obliga a replantearnos la forma prusiana y casi temerosa que era admirada por algunos, como ruta de supuesta sabiduría, “denostar por saber más que el otro, siempre”.

No ha existido ciencia ni intelecto hoy, que pueda frenar la muerte repentina. Desde hace años propongo humanizar la enseñanza, desde la corta edad y también armonizar las relaciones, entregando charlas en comunidades, dando cuenta que la empatía con el otro y el respeto por las personas, el apego a  los deberes y la declamación justa de los derechos; son la mejor ruta, pero qué duda cabe, ello implica un cambio de paradigma, dejar de competir por ser el mejor, pugnar por ser el más humano el que enseña o abre a los otros el mundo del saber con humildad, con generosidad, el que no avanza a codazos o dejando mal a su colega, en fin, el que busca la meta con lealtad.

Las primeras lecciones que debería tomar la sociedad chilena, es mirar en retrospectiva esta pandemia y otros eventos que han ocurrido estresando al país, descubriendo lo sustancial de la vida en comunidad y la conducta de las personas cercanas, así como de los líderes, estableciendo quien ha estado a la altura en cada rol.

Recuerdo aquella máxima que se enseña en Derecho: En la vida hay cosas de la esencia, de la naturaleza y otras, puramente accidentales.  Asimismo, en medicina se ha ilustrado que la imaginación es una parte de la enfermedad, la tranquilidad es la mitad del remedio -se ha dicho- y que la paciencia es el comienzo de la sanación. Finalmente, una de las reglas de la pedagogía -se ha expuesto- es que se enseña lo que debe enseñarse en el momento oportuno, luego de contener a quien ha sufrido y hacerlo con afecto, nunca con prepotencia ni indiferencia.

Nuestras comunidades, deben hacer un análisis sobre al menos estos puntos y concluir en consecuencia, quien o quienes han estado a la altura, relevando lo esencial, dando tranquilidad y contendiendo para luego aportar.

Hecho lo anterior, si no hay un cambio de paradigma, donde seguimos viendo a las personas como números sin esencia, premiamos la prepotencia del supuesto saber y la miseria del que denosta por la espalda para avanzar; colocamos odio en vez de armonía, vendetta y no justicia, no premiamos lo adquirido meritocráticamente por sobre lo adscrito y no respetamos al otro como un ser humano, actuando en consecuencia –parafraseando a Albert Einstein- entonces, nada hemos aprendido, si seguimos haciendo lo mismo y de la misma manera con los mismos,  inevitablemente, obtendremos los mismos precarios resultados humanos.