Rodrigo Reyes Duarte, abogado. Director Jurídico de Prelafit Compliance.

Usualmente los profesionales que se dedican al compliance intentan modelar los hábitos de las personas en las empresas y, por qué no, en toda la sociedad. La pregunta que se hace un oficial de cumplimiento consiste a menudo en lo siguiente: ¿qué puedo hacer para alinear las conductas de todos los empleados, hoy llamados “colaboradores”, e incluso de nuestros proveedores o terceros, con los valores y principios que dice sostener la compañía?

De alguna manera, los compliance officers ayudan a que se vaya forjando el talante de las empresas. Las entidades, al igual que las personas, van tomando decisiones cuando desarrollan sus actividades y esas decisiones van determinando el carácter de las organizaciones.

La filósofa Adela Cortina dice que las elecciones correctas o éticas que hacemos nos ayudan a crear predisposición a actuar del mismo modo. El niño que aprende desde pequeño a devolver el vuelto de más, a tratar a todos con dignidad y respeto, va formando una predisposición a actuar correctamente en el futuro.

Pero hay algo que hemos dejado pasar probablemente. Se trata de algo que me viene dando vueltas desde que leí el blog de Jowanza Joseph, un ingeniero de software afroamericano que vive en Salt Lake City, en los Estados Unidos y que suele escribir sobre temas de programación, pero que esta vez lo hizo acerca de cómo el racismo impactó su vida a tal forma de determinar sus elecciones y hábitos. Nadie le puso una rodilla sobre su cuello hasta asfixiarlo, por supuesto, pero relata cómo ha sido víctima de diversas situaciones de discriminación arbitraria.

Cuando estudiaba en la universidad salió a correr una mañana de verano justo antes del amanecer, vistiendo una camiseta negra de manga larga, pantalones cortos azul marino y zapatillas negras. Cuando llevaba algo recorrido, policías en una patrulla se detuvieron junto a él y le pidieron, mediante un megáfono, que dejara de correr. Le interrogaron. Les explicó que era estudiante y que corría por las mañanas. Le contaron que habían recibido una llamada advirtiendo sobre una «persona sospechosa» que corría por el vecindario. Joseph les preguntó por qué él podría resultar sospechoso y uno de los oficiales le respondió: «No hay demasiados negros en esta ciudad». Luego le pidieron su cédula -que no portaba- y le interrogaron acerca de lo que estudiaba y sus cursos, para que demostrara que era un estudiante. Finalmente los policías quedaron satisfechos, pero al irse le aconsejaron que corriera con luz natural o que lo hiciera solo por las calles principales para evitar asustar a los vecinos.

Joseph relata que creció pensado que su presencia podía incomodar a más de una persona, con un nivel de conciencia del entorno que lo paraliza y que lo ha llevado a desarrollar un sentido que le permite percibir si hay ojos mirándolo. Debe combatir esa sensación de amenaza que percibe en los demás con un saludo o con una sonrisa.

Agrega que ha llegado a tener una lista que chequea cada vez que sale: vestir colores brillantes, siempre portar su cédula de identidad, evitar polerones con capucha y utilizar solo las calles principales. Ello reduce las posibilidades de ser abordado por la policía. Esas precauciones -cree-  le pudieron salvar la vida.

Relata después, diversas experiencias en su trabajo en que distintas personas le hicieron sentir que no pertenecía ahí, por su color de piel y, con mayor frecuencia, cuando viste especialmente informal.

Cuenta también cómo diversos episodios con la policía lo han obligado a extremar las precauciones al conducir, respetando siempre el límite de velocidad, siempre con los documentos completos del auto y con todas sus luces funcionando. Esto, por cierto, no lo hace por ser un buen conductor, sino por sobrevivencia y por un miedo profundamente arraigado. Las cosas siempre pueden complicarse y salir muy mal si eres parte de la comunidad afroamericana.

Termina con una reflexión: “Una vida de pequeñas injusticias es una roca enorme para llevar”. Una carrera exitosa, dos títulos universitarios, su integración a la comunidad mayoritariamente de blancos, tampoco ha cambiado su miedo mortal a ser detenido.

El racismo moldeó su carácter, su vida y la de muchos en los Estados Unidos.

Por cierto que la discriminación y el racismo existentes en Estados Unidos se dan igualmente en Chile. Acá son determinantes el color de tu pelo, de tus ojos, el colegio en que estudiaste, dónde ibas de vacaciones, quienes son o fueron tus padres, tus apellidos y múltiples códigos no escritos que van desde la manera de hablar hasta la manera de vestir. Increíblemente en Chile aún se siguen preguntando estos “datos” en algunas entrevistas de trabajo. Se trata de las líneas invisibles de la discriminación, esa compañera porfiada que se abre camino por los intersticios de la vida en común en nuestro país.

Es importante señalar que en temas de compliance la cultura organizacional no puede ser una en la lucha contra la corrupción y otra distinta en temas de discriminación arbitraria. Se trata de un mismo engranaje que al dañarse termina perjudicando gravemente la credibilidad general de las organización y de la sociedad en que vivimos. Una organización debe esmerarse por una conducta apegada a las normas jurídicas y a las reglas que se haya autoimpuesto, pero también debe ser especialmente cuidadosa con actos discriminatorios frecuentes, que están arraigados en nuestra cultura y que por ello, se ignoran o se les tolera.

El caso de George Floyd en los Estados Unidos generó una ola de protestas en todo el mundo, pero nos deja una lección: debemos ser capaces de diseñar los cimientos de la sociedad desarrollada que todos queremos y en ella no tiene cabida este tipo de discriminación y salvajismo.