Ernesto Vásquez Barriga. Licenciado y Magíster en Derecho, Universidad de Chile.

Perdón a las personas perfectas, inmutables y sin mancha, sin dudas; con las frases y respuestas absolutas; para aquellas tengo nada que aportar.  Mis modestas reflexiones surgen desde la madurez de un sujeto humano con luces y sombras, que jamás juzga por interés, que ve al otro ser humano como un igual y busca avanzar en su ruta de la vida sin zaherir el honor de alguien, rectificando las ineptas acciones que se poseen como la mochila de la vida. No soy digno de aquellos círculos de intelectuales o docentes perfectos, sin dudas ni opciones alternas a la perfección de una postura innata y adscrita. Una vida cuya norma está en el apego absoluto no a la ley que sirve al ser humano, sino aquella que le sirve asimismo para reprimir al individuo, demostrarle quien tiene el poder olvidando que el derecho está al servicio de la persona y no a la inversa, buscando jamás equivocarse, aunque su parálisis signifique que alguien sufra, no  un dogma de vida unida a la inercia so pretexto de cuidar los procedimientos sean en tiempos regulares o de pandemía, como si hubieran escrito en las piedras de la vida los procesos impolutos que deben seguir siéndolo inflexibles e inelásticos, aunque el dolor invade a los súbdito, porque ven al ciudadano como un plebeyo a quienes no se les escucha -como lo hiciera un servidor público-  se les usa, para demostrar el ius puniendi estatal, si es preciso.

Hay otra ruta más humana, que surge desde el accionar de quien entiende su humanidad frágil y no inmaculada, donde sus errores son experiencias y su accionar posee el faro guía del respeto a sus antepasados y su memoria en el aura que morigera el accionar en lo mundano. No somos dioses, somos personas finitas e imperfectas, sea cual sea el rol que la sociedad nos ha entregado, a mayor poder más sencillez y mayor diálogo desde la comprensión o la auctoritas socialmente apreciada a partir del conocimiento y la sabiduría que se pide a la divinidad, al intelecto o a los antepasados, para servir con dignidad a quien acude a su oficio.

Esa ruta se ha olvidado en muchas instituciones, pues los que supuestamente enseñan solo se convierten en jueces académicos de la teoría (sin praxis) que entregan de manera prusiana y que luego aplauden si se recibe de vuelta un rosario o una oración que contenga las misma ideas y palabras; idénticas directrices y oraciones; sin importar el razonar autónomo, lo que vale es cuanto sabe aquel sujeto desde el parámetro único y absoluto de quien se reconoce en la perfección, sin haber abrazado la pedagogía, se transforma en profesor y juez de sus educandos.

Desgraciada o afortunadamente nunca ha sido esa mi ruta, quizás un fruto imperfecto de quienes han aportado en desarrollar los modestos puntos positivos en lo educativo de este precario servidor, cuya virtud es conocer el mundo real, coloquialmente se indica “el tener calle, población y pueblo en sus venas y sus pies”. Una ruta académica desde el derecho, el estudio y el realismo o la praxis, construido a pulso en un par de décadas dedicadas a ese perfeccionamiento posible, al que puede aspirar un cabeza negra en nuestra sociedad.

En esa ruta personal, recuerdo como ahora, que siendo un joven idealista lleno de defectos, precariedades y sueños, imbuido en las melodías de Serrat, tuve la oportunidad de leer en la década de los ochenta a un maestro de la vida, al gran poeta libanés Kalil Gibrán ( Jubran Khalil) y conocer a otros maestros de la enseñanza y la vida, en nuestros entorno, como don Mario Garrido Montt y don Bernardo Leighton, entre otros, junto a lecturas del abogado jesuita Alberto Hurtado y por cierto al más grande de todos, al maestro de Nazareth, al mensajero del amor y al rebelde de la paz. Jesús, quien me abrazó desde la miseria de mi ser y por su intermedio pude conocer a Saulo de Tarso o simplemente San Pablo, quien es el ejemplo de la conversión desde lo imperfecto a la santidad o la perfección humana, liderando un mensaje lleno de cambios y crecimientos que son la luz para cualquier sujeto cuyos errores lo encadenan al pasado. El cambio y la enseñanza desde el testimonio, es el mensaje de Saulo.

Hoy cuando la fragilidad de los seres humanos es evidente, es de mal gusto darla por sentada en el caso propio. Sabemos que las redes sociales y la sociedad son un verdadero circo Romano en donde todos y todas tratan de reír o gozar con la funa o prejuicio público instantáneo del otro y sus errores sin esperar el juicio reflexivo de la razón o el proceso, aunque obvio, exigen respeto cuando su intimidad personal está en juego.

Nuestra sociedad que en nombre de la dignidad, la justicia e igualdad, se permite destruir todo lo que al otro u otros ha costado esfuerzo con la impunidad como compañera de ruta y entre ello, los únicos espacios donde la enseñanza era una luz de esperanza para millares de familias chilenas pobres, mutando a cenizas el prestigio de los llamados liceos o establecimientos emblemáticos, con eslogan de continentes sin contenido, donde las reglas tenías sentidos formativo y fueron extirpadas para crear a un supuesto nuevo ser humano, que nadie sabe el aporte de aquel a la sociedad solidaria que soñamos, olvidando por cierto a los maestros de otrora o a los líderes intelectuales más brillantes que de seguro hoy se revolcarían en su tumba, como Don Andrés Bello, don Valentín Letelier o donde Juan Gómez Millas, entre otros.

No todo es negativo a pesar de esta cuarentena. La vida es simplemente maravillosa, sin perjuicio  de sus menguantes lunares que la exponen ante los ojos de muchos, con destellos de tristeza, olvidando que la mera existencia es asombrosa. La magia de sonreír cada mañana cuando el sol besa a la luna en su retirada, bien puede ser un reflejo de estar viviendo nuestros días con plenitud, como así también el hecho de aprender con humildad de los errores propios, actuando con misericordia hacia los demás; abriendo la mano para acoger al débil y siendo cada cual coherente y consecuente entre lo que se expresa con la boca y lo que se hace con el ser, valorando las palabras dependiendo de quién las emite sin buscar zaherir jamás a otro individuo, pues “la vida es un tren que transita por una ruta circular, donde cada cual puede reencontrarse con aquella estación pasada.”

Ojalá dejemos de lado al docente prusiano y recordemos al maestro libanés, cuando tengamos la opción de soñar en ser profesores, pues el Maestro de verdad -parafraseando a Kalil- “No les da de su sabiduría sino más bien de su afecto. Si él es sabio, no pedirá que los educandos ingresen a su casa o su mente, más bien les guiará hasta el umbral de sus propios sueños y espíritu, para que sean arquitectos de sus propios destinos.”