Ernesto Vásquez Barriga. Licenciado y Magíster en Derecho. Académico Universidad de Chile.

Para quienes tuvimos una infancia saludable en la década de los setenta y ya superamos el medio siglo en la tierra, hemos tenido una oportunidad en la pandemia de recrear, muchas cosas que en la película de la vida es posible observar en retrospectiva. Es efectivo que es injusto mirar el pasado con los ojos del hoy y el juzgar el presente con las directrices morales del pasado, triste es más, vivir lleno de odio en nuestros corazones sin superar temores y dolores, como Mandela lo expuso con certeza, o nos colocamos a juzgar a todos por todo o nos dedicamos a construir armonía entre todos. El país de los jueces del coliseo romano que usan las redes para desacreditar al otro u otra solo a partir de su única propia postura, es más triste que aquel rayado que en las murallas de nuestras poblaciones hacían los cobardes en el anonimato; acción censurable socialmente, tanto que se nos decía en las aulas humildes de Barrancas (hoy Cerro Navia), que la muralla era la pizarra del canalla.

Ahora la capucha y el anonimato son notorias en las calles y en las redes, de quien no puede decir las cosas de frente o busca solo sembrar odiosidad y vive una existencia dedicada a zaherir el honor de los demás. Para mi maestro don Mario Garrido Montt, había dos grandes materias que le apasionaban: la vida y la honra; a esos temas les dedicó textos y artículos, relevando lo sagrado de la existencia física como una máxima y el respeto al prestigio del otro como una regla básica de convivencia y cuya deshonra requería la sanción y el reproche proporcional al mal acometido, porque de una u otra manera, la armonía que ello implicaba descomponer, requería el auxilio del ámbito jurídico más grave, a saber, el derecho penal. Hoy por hoy, cabe solo observar en algunos programas o redes sociales como el sagrado sentido del respeto a la inocencia, honra y honor e imagen de una persona o su interlocutor, queda en el vacío más absoluto.

Cuando niños teníamos reglas básicas de convivencia, en las escuelas por humildes que fueren se enseñaba normas básicas, rotuladas reglas de urbanidad; tomar distancia, cuidar la presencia personal, cultivar el respeto a la autoridad, a nuestros profesores y maestras; seres sagrados que parecían ser los continuadores del rol protector filial y es que sus reglas tenían por objeto no crear ser uniformes, sino ciudadanos honestos imbuidos en el respeto por el otro y servidores de su país. El desempoderamiento de la autoridad del profesor, el desprecio por la educación emblemática y pública, el recrear el derecho al asambleísmo en un colegio donde debe cultivarse la autoridad del conocimiento y la directriz y autoridad del formador.

Nuestros juegos dentro de la precariedad de las poblaciones tenían algo de la continuidad de esas directrices de los colegios públicos, que con poco nos hacían respetar ciertas reglas de convivencia. Aquellos juegos eran solo entre sujetos con poca o nula interacción de los elementos del hoy, ni máquinas ni aparatos. Eran otros tiempos es cierto, incluso con mucho de pobreza, pero no miseria humana, solidaridad comunitaria; eran juegos donde niños y niñas convivían en deportes llanos y colectivos; solo a modo ejemplificador, cabe recordar algunos, “las naciones” donde todos elegían el nombre de un país y una pelota de plástico era lazada al cielo con el rótulo del país escogido; el arrancar antes de caer aquella al piso lleno de tierra, era el objetivo de quien era nominado. Así las horas pasaban sin otro norte; “la payaya” o juego que se hacía con las manos y donde se usaban piedras pequeñas para requerir la habilidad de algunos que ganaban con pericias dignas de un libro, el insumo reitero, era elementos sacados de la naturaleza.

“La escondida de tarro”, un aparato en desuso lanzado a la distancia y que implicaba que el resto de escondiera y el perdedor o elegido, salía en la búsqueda de los participantes. “La pichanga de la calle”, grupos de muchachos que por horas jugaban en dos o tres equipos, con arcos que eran piedras o alguna chaleca vieja, la pelota era de plástico y el gol marcaba el paso del balón por un arco imaginario, eran tardes enteras dedicadas al fútbol sin cancha real. En paralelo, algunos tenían la opción de poder ver en los televisores -que cual lujo, solo ciertas casas poseían-  programas hechos a pulso, observar “Los Bochincheros”, con las escenas de infantes que dejaban sus chupetes, o ver a la Tía Patricia, que con el buzón preguntón, lograba educar -cuando no existía la educación parvularia como ahora- en una incipiente televisión pública.

Entre todos los programas había uno que nos llamaba la atención, “Los supersónicos”, una familia especial que vivía en el espacio y con una tecnología del futuro, absurdo para muchos en la época, con corredoras automáticas, robots que realizaban labores de servicios, naves voladoras y trabajos efectuados a distancia, llamados a través de una televisión, etcétera. Hoy en medio de la pandemia muchos de los que fuimos niños en los setenta, nos recordamos de esa serie que también pasó más de medio siglo y cuyos creadores pudieron hacer una mágica prognosis de la vida que de a poco, se ha ido cumpliendo.

El teletrabajo y la videollamada o el zoom, en realidad hoy nos dieron una invocación al recuerdo y una atención en algo que teníamos cuando niños, mucha sencillez, imaginación y capacidad de soñar.  Lo lindo es que en esa época yo creía en los supersónicos y eso era parte de la magia de ser niño, porque los adultos estimaban que todo ello, era simplemente absurdo. Hoy también recordé esos otros juegos, donde las personas vivían más en comunidad, más simples en sus acciones y menos absolutos en sus epítetos, juicios y opiniones. Era la vida de mi barrio humilde y es verdad que el país era mucho más pobre, pues todo era más precario, empero éramos más “seres humanos”, gente solidaria y no tan individualista; recordar también que nos enseñaban primero los deberes y luego los derechos.

Hoy por hoy la misión es soñar como los supersónicos y retomar lo colectivo de esos niños sencillos, que con cosas simples éramos muy felices como sociedad, y esa felicidad era real, lo penoso es que no lo sabíamos.