Ernesto Vásquez Barriga. Abogado. Licenciado y Magíster Universidad de Chile. Máster en Ciencias Jurídicas Universidad de Alcalá.

Con cierta frecuencia algunos juristas y destacados políticos, se refieren a un elemento básico de la sociedad, el Estado de Derecho, para sustentar sus doctrinas o caminos propositivos hacia una colectividad justa. Tal idea, para los postergados o discriminados en una comunidad del éxito, queda como una estela que se pierde entre conceptos y murmullos; cuales discursos de un continente sin contenido. Para el habitante del barrio, muchas veces sus problemas son las llamadas “pequeñas grandes causas” y aquellos temas, en apariencia no son de interés para quienes establecen la agenda pública y por ende, no son portada en los titulares de noticieros ni están en las redes sociales.

Ser imperfecto o poco jovial en nuestro entorno, es signo de fomedad; lo instantáneo y lo útil o aparente, se opone a lo real, lo esencial, humano y precario como la vida misma. La existencia con sus noches y sus lunas, nos permiten observar con sabiduría la expresión y prestancia de la Loica con su pecho rojo en un jardín o la ternura del Acacio que sortea el saludo soez del viento otoñal, con los años llega la madurez y con ella el apego a la paz, la reflexión y al sosiego; la paciencia con tolerancia son la nave de la vida que cual baúl de recuerdos agradables, atesoran los tiempos humanos de seres que tienden a buscar la armonía como un regazo perenne y desechan el conflicto como el aliado permanente.

Una sociedad también se define a sí misma, del modo y del acento que aplica en las políticas públicas respecto de sus adultos mayores; mujeres y hombres de la llamada, tercera o cuarta edad, se ha buscado -con algo de cinismo literario o semántico- dejar el término de ancianos, porque se ha estimado injustamente creo, de suyo peyorativo; siendo un concepto que bien podría significar la gran sabiduría que otras culturas -como la Rapa Nui- poseen a su respecto, al confiar como en las mejores comunidades del orbe, sus decisiones al Consejo de Ancianos de la isla.

En nuestro afán de formalismo, sacamos de nuestro diccionario comunitario el concepto de ancianos y les rotulamos de otras maneras, no por ello menos hermosas, hasta llegar a hablar de la cuarta edad. Lo real es que nuestros abuelos y abuelas, han de ser la estrella de orgullo en cada núcleo familiar, seres que han dejado sus sueños y proyectos en la huella de sus labores humanas. Hoy por hoy, vivir en nuestras comunidades siendo un adulto mayor y jubilar, no ha sido precisamente el sentido de júbilo, que el término de la vida activa laboral implicaba para los individuos, a saber, gozar de la plenitud con la madurez y alegría de los años.

La discusión parlamentaria de estos días sobre el retiro de fondos y la seguridad social -una rama algo olvidada del derecho- como si fuese un efecto de la pandemia, desnudó otra arista social, esto es, la precariedad se ha instalado y ha sido un pasajero polizonte para quienes dejaron atrás la vida activa laboral y el Estado no se ha hecho cargo en forma, sobre el trato y gratitud que merecen, pues ellos no protestan ni declaman con violencia sus alicaídas circunstancias. Aunque sincerando el tema, también han sido las propias familias y muchas veces los descendientes a quienes aquellos han dado la vida y la posibilidad de ser personas, quienes les han olvidado, algunos a sus padres o abuelos, dejándolos en la más absoluta soledad, la que a veces es elegida por aquellos como opción y es en tal sentido respetable, pero eso no implica que sea en un estado de abandono. Es un imperativo moral, tenerles presente en sus necesidades propias, evitando las precariedades que muchas veces ha de abrazar la existencia del abuelo o abuela que ha dejado de ser visible para los suyos y lo más triste, para el país.

La madurez de la pausa y de los años, hacen que las personas busquen lo esencial y el compromiso; aquello que era invisible a los ojos según El Principito o que tengan también paciencia, como la que se colige al leer El Profeta de Kalil Gibran; la que es menester para colocar amor en la creación del pan, el que si se amasa sin afecto, nunca ha de quitar el hambre.

Esta pandemia nos ha desvestido en muchos temas y ha atacado con mayor dureza a nuestros adultos mayores, muchas familias han padecido el dolor de perder a alguno de aquellos. Aunque la alerta sanitaria ha afectado los derechos jurídicos de toda la sociedad, dicho grupo etario ha debido tolerar con rigor, el encierro de meses. Quizás este momento de padecimiento y reflexión, sea el instante de hacer  un mínimo paréntesis en las legítimas reivindicaciones de muchos sectores que con justicia reclaman prevalencia; para pensar en quienes han dado su vida en nuestras comunidades y avanzar hacia instancias donde sean atendidos con máxima preferencia, que aquello renazca en nuestra sociedad en gestos también básicos,  en la gentileza de darles el asiento en el transporte público, paciencia al entender la lentitud propia de algunos de sus movimientos, respetar su pausa y la reflexividad que aquellos requieren; valorando la sabiduría que pudieron entregarnos; buscar reintegrarlos en plenitud a tiempo parcial como colaboradores en tareas sencillas, pues muchas veces, la soledad de quien estuvo siempre en la ruta de la tarea agendada, trae consigo el deterioro mental y también físico.

Es de esperar, que esta pandemia nos haga menos juzgadores de otros y más humanos, menos castigadores y más gentiles que antes; que recordemos aplaudir en público y recriminar en privado. Cuidar el lenguaje, pues la palabra expresada como la bala que sale impropia, jamás retorna; como decía mi abuelo, evitar la expresión afilada de la lengua en la palabra fácil y soez, pues palabras sacan palabras y la violencia verbal solo genera más violencia oral y/o física, que es impropia por positiva que sea la causa que la sustenta, porque a veces dicha violencia mata la legitimidad de la causa justa.

Tengo la esperanza, que los sueños de la comunidad busquen puntos de unión y si el camino es reconstruir la casa de todos en el marco de un estado democrático de derecho con una nueva carta fundamental, no nos olvidemos que en dicho proceso y en esa morada jurídica, nuestros adultos mayores tengan también un rol relevante. Sabemos que ellos extrañan sus reuniones de clubes sociales, que en muchas comunas existen y sus amistades de intereses comunes, a quienes viven como ellos y ellas; espacios que la pandemia maldita, además les quitó y los obligó al encierro. Esperemos que renazca la luz después del túnel de esta emergencia sanitaria y no nos olvidemos del sitial que merecen los adultos mayores en el marco de nuestro estado democrático de derecho, pues seremos un país con historia y gratitud real, solo cuando recordemos en el balance de la vida, como fuimos con aquellos que nos ayudaron a caminar en un mundo que sin su mano acogedora hubiere sido un acantilado infernal.